20 de April de 2026
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México lega “un arte monumental y humanista al mundo”: Ariosto Otero

Abanico Informativo
  • abril 20, 2026
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México lega “un arte monumental y humanista al mundo”: Ariosto Otero
  • Desmitificación del muralismo mexicano

El muralismo es una tradición milenaria, una responsabilidad histórica y una forma de conciencia social, sostiene Ariosto Otero, uno de los dos muralistas vivos en México, en el Instituto Mexicano de Ciencias y Humanidades que preside Raúl Gómez Espinosa.

“Es una herencia que data de unos tres mil ochocientos años cuando menos, porque proviene de la necesidad ancestral de narrar la historia en los muros. Pintar en ellos es apropiarse del territorio simbólico para devolverlo a la comunidad. Entonces se convierte en un acto político y pedagógico, capaz de hablar de valores, raíces, luchas sociales y memoria colectiva”, sostiene el creador de más de 70 murales en México y el mundo.

Para Otero, el muro es un códice contemporáneo, un soporte donde se escribe la identidad del país. La obra mural es un puente entre pasado, presente y futuro, una narrativa visual que educa, advierte y celebra.

Ariosto Otero rompe de manera frontal con la idea escolarizada de que el muralismo mexicano se reduce a “los tres grandes”. Para él, esa fórmula es una mutilación histórica. Para él, el muralismo es una tradición amplia, compleja y profundamente colectiva, donde conviven genealogías diversas que no caben en un podio de tres nombres.

También asevera que el muralismo no empieza en el siglo XX, sino miles de años antes, con los códices, los murales prehispánicos y la necesidad ancestral de narrar en los muros.

“Reducirlo a Rivera, Orozco y Siqueiros es un error histórico, porque borra a quienes ampliaron, transformaron o volvieron más complejo el lenguaje mural”.

Por eso menciona a figuras como Juan O’Gorman, a quien considera fundamental por su capacidad de unir arquitectura, muralismo y pensamiento ecológico. “Es un creador que llevó el muralismo hacia un territorio técnico y conceptual distinto al de los llamados tres grandes”.

En la visión de Otero, el muralismo mexicano incluye a Juan O’Gorman, por su integración plástica-arquitectónica y su radicalidad ética, Aurora Reyes, primera muralista mexicana, borrada del canon durante décadas, Guillermo Ceniceros, por su rigor técnico y su exploración del cuerpo y el espacio, Manuel Felguérez, por su diálogo entre abstracción y monumentalidad, Arnold Belkin, por su continuidad crítica del muralismo social e incluso artistas comunitarios y brigadistas que mantienen vivo el muralismo como práctica social y no solo como obra de museo.

Para Otero, la integración plástica es un sistema vivo con varias dimensiones simultáneas: históricas, sociales, rituales, políticas, pedagógicas y simbólicas. Concibe el muralismo como un ecosistema, no como una técnica. Ahí emergen el muralismo histórico–ritual que nace de los códices, de la escritura en muros como acto ceremonial y comunitario. Para él, esta es la raíz profunda del muralismo mexicano.

Aparece también el muralismo social y político que narra luchas, injusticias, memoria colectiva y procesos históricos. Aquí se inscriben Rivera, Siqueiros, Orozco, pero también Belkin, Ceniceros, los brigadistas y los muralistas comunitarios.

La concepción del muralismo en Ariosto Otero se sostiene en una idea central: el mural no es un apéndice de la arquitectura, sino un acto de escritura pública que antecede y trasciende al edificio que lo contiene. Su pensamiento desplaza la noción moderna de “integración plástica” para situar al muralismo en una genealogía más antigua, amplia y ética.

Conceptos como perspectiva múltiple, poliangularidad o espacialidad envolvente establecen que el muralismo es un arte que piensa el espacio y al espectador en movimiento, no solo la superficie. Y en la práctica contemporánea, la arquitectura es el territorio donde el mural se encarna.

Aparece entonces la Arquitectura muralística. Se refiere a edificios diseñados desde el inicio para alojar obra mural, no como adorno posterior, sino como parte constitutiva del proyecto.

Es lo que hizo O’Gorman en la Biblioteca Central de CU: el edificio nace ya pensando en el mural, en sus materiales, en su lectura desde lejos y desde cerca, en su relación con el paisaje.

Con disertaciones como la del Muralista Otero, el Instituto Mexicano de Ciencias y Humanidades se consolida como un foro donde convergen las voces que redefinen el patrimonio cultural del país.

 

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